Thursday, December 11, 2014

Celso

Ellos están ganando; y es increíble que no nos haya caído el veinte. "Caído el veinte," vaya expresión tan estúpida del tiempo cuando había teléfonos y uno les metía por una ranura un pedazo redondo de metal gravado para que abrieran la línea al universo —uno minúsculo— conectado con cables de cobre instalados estóicamente abajo de la tierra por hombres que no sabían cuánta libertad tenían; otros de esos cables van volando colgados sobre postes de madera o de concreto. Todo el concreto del mundo quizás quede después de nosotros. Quizás un poco de él asome entre la vegetación y el antaño olor a muerto, que entonces estará abonando a la belleza de una Nueva Ciudad de México, la cuál, en un mapa, será un punto alucinante de verde y gris con negro.

Pero hoy está claro. Ellos controlan el tiempo. La aniquilación total quizás es la única salida honorable que nos queda: que nos agarremos de su corbata café antes de que nos dejen caer, y así se vengan con nosotros al fondo ultra veloz del acantilado.

Mi nombre es Celso. Creo que estoy volviéndome loco, o su equivalente en cerebros como el mío que se mantienen con ciertas dosis de nanomáquinas auto-aniquilables.




Saturday, December 6, 2014

Un muerto

Él sintió el frío que bajó por su espalda, el miedo haciendo chocar los dientes, los brazos endurecidos tocando el volante. Unos metros más adelante ya habían iniciado el protocolo 22.
Tirado, sin zapatos, estaba un hombre bocabajo. El charco de insoportablemente roja sangre corría de la cabeza hacia la cara y goteaba. Click, click, el sonido de la cámara registrando la imagen. El sujeto que activaba las señalizaciones del 22 mantenía una serenidad digna de semejante empresa: rodeaba al yaciente con celdas metálicas y encendía las figuras en el aire. A lo lejos, las luces de la ambulancia se acercaban como un flotante y pequeño río de lava.
Él se dio cuenta que miraba absorto los calcetines grises que le daban un aire de desnudez al hombre caído. Rectifico la vista y miró de frente, al igual que el resto de la multitud silenciosa que desviaba la vista como el protocolo establecía, en un caso que implicaba la prohibición del morbo.
Cuando trataba de apresurar la velocidad, sintió algo frío debajo de los ojos: era una solitaria lágrima que borró con un manotazo. Había que seguir con los zapatos puestos, porque estos habían sido hechos para caminar.

Saturday, November 22, 2014

La triste balada de miguel donali (precursor)

La taza de café y la pipa sobre la mesa. El sonido alienígena vibrando el aire.

El turno de trabajo agotador como pocos. La cotidianidad brutal de la realidad capitalista, pero con algunos robots, y algunos focos allá afuera.


Debo dinero. Mucho, y a las mejores personas. Soy miguel el deudor. Y me importa poco lo que piensen. Tengo necesidades, y amistades. Aquí estoy, buscando el sentido en esta sopa estúpida, vendiendo las nalgas para poder pagar el aceite que necesito para circular.


No se confundan. Soy totalmente humano, de carne y hueso. Solo tengo un metal atravesado en la quijada: un tornillo que sostiene un diente postizo. Soy una máquina con nanotecnología bienvenida en  múltiples órganos, en especial un brazo semi podrido por uno que otro descuido. Es la vida. Estoy en renta. Tengo mucho trabajo.


**

Las horas pasan. Puedo encontrar lo que buscaba y ahora lo traigo en una caja de contención crónica.

No puedo esperar y regreso al departamento para tomar un medicamento que ajuste la descompensación. Caballero de oxidada armadura. Voy a recoger a mi chica. Es mi colega de trabajo en realidad.

Pienso frases como "rotundo refresco" y no sé que hacer, ni que significan. Quedan pocos días. o muchos. Demasiados más bien.

La pesadez de los planes, de la libertad misma, en el temporal de los sentimientos, de los cariños, del pasado.

Tuesday, November 11, 2014

Inviernos sin gloria

Dicen que hubo un tiempo en el que pueblos enteros se volvieron locos por inhalar sales de baño. Que las ancianas iban a las tiendas de cigarros para comprar frascos olor lavanda y peleaban con sus codos heridos, reumáticos, con artritis por un frasco de semihúmeda substancia violacea. Perfumados, a nosotros nos tocó ver otros paisajes en orden, casas de retiro, muertos en las calles.

Dicen que hubo tiempo en el que las montañas se volvían llamas, presionadas por el calor del Sol. Dicen también que yo, cuando nací, tarde 12 segundos en escupir una inmensa flema negra antes de soltar el mecánico alarido de la vida.

Es invierno, así que salgo a recibir los rayos malignos, esos que si tocas con la mano enguantada alcanzan a formar un sonido, una delgada línea de sonido de la radiación.

Entonces, cuando recuperas tu extremidad cubierta y la abrazas, te das cuenta de que ni tú ni yo importamos.

Fe

Mi abuelo me habla al oído sobre ferrocarriles, me cuenta de cómo el frío le hacía quebrarse de rodillas, de cómo pasó sus últimos instantes queriendo sacar el aire mientras la muerte le entraba por la boca. Quizá para ese momento mi abuelo siga vivo y yo solo sea uno de sus recuerdos. Quizá yo morí primero, dormida e indolora, o convulsiva y ahogada en mi vómito ambarino.
De vez en cuando repito las palabras a la espera de que alguien las oiga, alguien cercano, alguien ajeno: alguien, todos. Doy sorbos al Glorurbs, camino un poco, trago más de la sustancia, pero me concentro particularmente en mantener cohesionado mi pensamiento: oigo también la voz de mis antepasados, esos que no conocí y cuya fuerza me han dado a través de una línea sanguínea de suicidas patriotas.
No tendría qué estar haciendo esto, no es legal. Pero mientras más bebo, más me descubro definiendo el amor, la Patria, el color amarillo, el sabor del café. Y digo que Borges, una vez más, era un ciego equivocado.

Saturday, November 8, 2014

El partido de la gente.

"Elecciones cada dos años. ¿Te imaginas como será eso?" decía mi padre muy preocupado. Él no entendía. Para él había sido distinto. A ellos los engañaron mil veces y lo hacían cada 4, 6, 10 años. Esto será distinto. Tendríamos suficiente tiempo para evaluar, y ellos no tendrían suficiente tiempo para afianzar poder.

Pasan los meses y finalmente se instaura la medida en medio de protestas y quejas multitudinarias en las calles. El administrador tendrá sólo dos años en el puesto para probar que puede proponer y hacer algo; que no es un pelele del sistema.

Vienen después los ataques absurdos de los grupos militares que, a estas alturas, están todos financiados con dinero público, y en mayor medida privado. Después de la violencia desmedida, incompresible en su complejidad, se aplacan las cosas y los pocos civiles que quedan prefieren guardarse en casa. No vale la pena morir, mientras se tiene este placebo parecido a la vida.

Cientos fuimos convencidos por los argumentos ejemplares de fe y energía. Yo entré al partido lleno de sueños. Cuando me enteré de la muerte de mi padre y la brutal violación de mi madre, levanté la mano furioso en las asambleas, mandé cientos de mensajes por la mega red. Cuando empezó a voltear la gente me invitaron a una sala a platicar con el representante de mi distrito. Me llenaron de esa droga nueva que está volviendo loca a la gente. Algunos dicen que nos están contaminando con máquinas minúsculas que toman el control de tu cuerpo, e incluso de tus ideas. El dolor creció hasta convertirse en una cotidianidad exótica, atractiva incluso, y el miedo se apoderó de mí. Me sentía fuerte, pero sin palabras.

Los extremos parecen tocarse porque en medio solo hay una nata de miedo, inercia y fe ciega.


Otro día te cuento más. Cambio y fuera.

Tuesday, November 4, 2014

El Huevo - Parte 1

No puedo creerlo cuando veo mi reflejo. Las gotas de sangre en el suelo vienen de mí. De mis nalgas que al voltear mi cabeza como la niña del exorcista, puedo ver en el espejo completamente barnizadas de sangre. La sábana está empapada; grumos, charcos de varios niveles de coagulación. Un desastre.

Esto me pasa por tomar tanto Glorurbs. Ahora tengo que preguntar sobre mi propio pasado lo cuál es, de algún modo, darle el control de mi destino a alguien más.

Pero no pasa nada de eso. Estoy listo para hurgar en mi mente mientras aprieto los dientes, aquí sentado tratando de explicarme qué pasó ¿De dónde ha salido esta sangre chiclosa?

Sin el más mínimo instinto policial, me meto a bañar y me hipnotizo viendo la sustancia viscosa  mezclarse con el agua y correr piernas abajo hasta la coladera. Me meto un poco los dedos entre las nalgas para ver si el flujo ha parado. Siempre he pensado que es raro lavarse agujeros en el cuerpo. Haces una cazuela con la mano y luego un movimiento de arriba abajo. Un chapoteo contenido.

Salgo del baño.

Estoy tan asustado que veo tintes púrpuras en el líquido. Me dan ganas, pero no me atrevo a lamerlo. Recojo las sábanas. Las echo a lavar. No quiero saber más de este asunto.


Han pasado dos días.

Estoy frente a un closet lleno de armas viejas colgadas de la pared, algunas cajas de municiones, uno que otro cartucho de energía, algunos "tubitos" como le llamo yo a esta arma para aturdir ladrones que tiene forma de tampón, sólo que es toda de vidrio negro, muy bonito, a excepción de la punta que tiene una pequeña ranura infraroja. Este aparato se apunta a los ojos de una persona (abiertos o cerrados) y si se logra sostener un segundo, la persona cae desmayada, babeando. Es un invento útil sólo en situaciones muy específicas. Me lo apunto directo al ojo, oprimo el botón. Caigo.

Le he dicho en mi mente mil veces que me encantan las medias negras apretando sus muslos. Me imagino sus pies y me dan ganas de lamerlos. Estoy pensando en ella, estoy en la tina y bebo chorros de Glorurbs de una mamila. De pronto me invade el terror. Es una extraña sensación en el vientre y creo que tiene que ver con la sangre que empieza a salir por debajo de mí. La sangre de nuevo. Pero además hay algo extraño. Me duele. Me empieza a doler más y más. Un objeto grisaceo se alcanza a distinguir desde las alturas infames donde me encuentro, viendo el agua de la tina como un océano y mi miembro ahí, mis manos moviéndolo hacia un lado para poder ver más de lo que, ahora me doy cuenta lleno de pánico, me está saliendo. Está saliendo de mí. Es un huevo. Es de metal. Algo está muy mal. Tiene que ver con lo que me dijeron en la fiesta de anoche. ¿O fue hace dos noches? Alguien me metió esto, o deben haber sido esas máquinas. Pero Alfredo me dijo que esas no existían todavía en México porque no había nadie con dinero para comprarlas. "Claro que lo hay" pienso yo. Yo mismo quizás podría robar un banco y sacar del dinero y pedir uno de esos estúpidos tatuajes, o mejor aún, pedir que jugaran la peor broma de mi vida: esto. Meterme un huevo metálico por el ano. Hacer que las máquinas lo crearan dentro de mí. Qué dolor. Qué absurdo. Debe haber otra respuesta.